A veces conviene soñar
En cambio sé con certeza lo siguiente: una vez se me ha permitido que tenga consciencia de que yo existo, ¿qué me importa que el mundo se haya construido con errores y que no pueda existir de otro modo? ¿Quién, después de esto, me va a juzgar y por qué?
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Cada día me parecía como un tesoro, como algo inapreciable. Empecé a darme cuenta de ello y entonces me acostaba lleno de alegría y me levantaba más feliz todavía.
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¡Cuán bueno hace al hombre la dicha! Parece que uno quisiera dar su corazón, su alegría. ¡Y la alegría es contagiosa!
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Cuando reconozco a un hermano en mi prójimo, sólo entonces soy hombre.