Son ellos que hasta hace muy poco tiempo llamaban Bolsa-Limosna a Bolsa-Familia. Son ellos que cuando estuvieron en el poder gobernaron para un tercio de la población
Frases célebres sobre: amaba. [Página 5]
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Y en la alcoba que tu alma tapizaba de armiño, donde ardían los vasos de rosas de cariño, la soledad llamaba en silencio al horror...
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Los ratones no parecían especialmente molestos por este cambio, a excepción del ratón gris de los bigotes negros, cuyo aspecto de profundo malestar llamaba la atención en seguida.
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Dedicarse a servir cervezas o llevar pizzas no te quita dignidad. Tus abuelos lo llamaban de otra forma: Oportunidad
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Debilidades... No tenías ninguna, yo sólo una, que amaba
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Me abrí a ti sólo para que me desollaras viva. Cuanto más vulnerable me volvía, más rápido y más hábil era tu cuchillo. A pesar de saber lo que estaba sucediendo, permanecía quieta y dejaba que me desmembraras, tanto te amaba. Tanto.
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Les decimos a todos los que amaban a Muamar el Gadafi y continúan siéndole fieles, y a los millones que se encuentran entre los acosados y reprimidos en el nombre de la democracia, a ellos les decimos que deben confiar en la resistencia libia
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Al frente de la pequeña columna iba un SS que, como buen alemán, amaba a los niños, incluso cuando estaba a punto de verlos en camino hacia el otro mundo. Sentía especial aprecio por un muchacho de doce años, violinista, que llevaba su instrumento bajo el
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Adán y Eva vivían en un lugar muy bonito que se llamaba Paraíso, que era uno como bosque lleno de flores, con pájaros, venados y leones. Pero los leones estaban amaestrados.
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Le gustaba el territorio y no tenía prisa; se detenía de vez en cuando a hacer anotaciones sobre posibilidades interesantes para futuros viajes o para sacar lo que él llamaba instantáneas de la memoria. El propósito de esas rápidas fotos era recordarle lu
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Lo único que me permitió seguir fue que yo amaba lo que hacía
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Amaba el olor del combustible, que apestaba, el ruido que hacía, las nubes de humo que lanzaba, y me pasaba horas agachado observando la máquina mientras mi abuelo me apresuraba a volver a casa
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Él que sobre todas las cosas amaba la muerte, y que quizá sólo amaba a la muerte, amó y vivió con deliberada y pervertida curiosidad, tal y como ama un enamorado que deliberadamente se reprime ante el prodigioso cuerpo complaciente, dispuesto y tierno de
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Los ojos se le habían transformado en huevos de cristal inestable que vibraban con una frecuencia de algo que llamaban lluvia y un ruido de trenes, haciendo brotar de golpe y entre zumbidos un bosque de espinas de cristal, finas como cabellos.
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Los sabios aceptaron con reconocimiento y pasaban el resto de sus vidas en asimilar ideas de séptima mano, dormir buenas siestas y aburrir a sus alumnos, que no dejaban de bostezar, con la palabrería anémica y libresca que ellos llamaban sabiduría.
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Se amaban con ternura, pasión, fidelidad. Trataban de estar siempre juntos y cuando tenían que separarse por cualquier motivo, durante ese tiempo tanto pensaban el uno en el otro que la separación era otra suerte de convivencia, más sutil, más sagaz, más
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Mi nombre, en aquel entonces, era Susan Trinder. La gente me llamaba Sue. Sé en qué año nací, pero durante muchos años no supe la fecha, y celebraba mi cumpleaños en Navidad. Creo que soy huérfana. Sé que mi madre ha muerto. Pero nunca la vi, no era nadie
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La primera captación en serio que tuve de las cosas fue cuando aprendí el arte de pedalear con la mano una bicicleta, colocada al revés e impulsé la rueda trasera preternaturalmente ligero. Yo amaba la desaparición de los rayos el modo como el hueco entre