Se levantan los años empavonados del aire que entra al invernadero lleno de vidrios rotos vidriándonos la noche de un bosque inexpugnable.
Frases célebres sobre: don. [Página 85]
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Hay que tener mucha personalidad y un entorno en donde uno se pueda sentir arropado para no dejarse llevar por la corriente de la moda.
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Alma de bandoneón -alma que arrastro en mí- voz de desdicha y de amor, te buscaré al morir, te llamaré en mi adiós, para pedirte perdón, y al apretarte en mis brazos, darte en pedazos mi corazón.
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Yo me burlé de vos porque no te entendí ni comprendí tu dolor. Tuve la sensación de que tu canto cruel lo habías robao, bandoneón...
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El barrio duerme tranquilo y un hombre en el fuelle traduce su pena y se oye en la noche tan tibia y serena un solo muy triste de su bandoneón.
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Gime, bandoneón, grave y rezongón en la nocturna verbena. En mi corazón tu gangoso son hace más honda mi pena.
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Gime, bandoneón, tu tango gris, quizá a ti te hiera igual algún amor sentimental...
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Voy a empezar por el principio, cerca del precipicio donde siempre quise estar.
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Bailar tango es un deporte, el cabaré, un reñidero donde por copiarse un corte un macho se juega entero...
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Y si miro hacia la sombra donde la luz se deshace, temo también deshacerme y entre la sombra quedarme confundida para siempre.
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Para describir el cielo, no es necesario transportar hasta él los materiales de la tierra. Es necesario dejar la tierra, sus materiales, allí donde están, a fin de embellecer la vida con su ideal.
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Donde todos sirven para todo, nadie sirve para nada
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Es aquí donde reside la sabiduría de los pueblos.
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¡Adiós! ¡Adiós! ¡Te amaré siempre! Desde ahora, abandono la virtud.
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Bueno es que se obedezcan las leyes. El pueblo comprende lo que las hace justas. No se las abandona. Cuando se hace depender su justicia de otra cosa, es fácil tornarla dudosa.
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La sociedad paga muy caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan los suyos.
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Donde hay satisfacción no hay revoluciones.
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Donde hay justicia, no hay pobreza.
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Donde hay educación no hay distinción de clases.
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Amo con amor de ternura a la raza indígena, por lo mismo que he observado de cerca sus costumbres, encantadoras por su sencillez, y la abyección a que someten esa raza aquellos mandones de villorrio, que, si varían de nombre, no degeneran siquiera del epí