La felicidad consiste las más de las veces en saberse engañar.
Frases célebres sobre: engañar. [Página 7]
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Es la habilidad de engañar al contrario y maniobrarle lo que es la destreza y ciencia del deporte de boxeo.
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No podemos engañar a la naturaleza, pero sí podemos ponernos de acuerdo con ella.
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La realidad no es otra cosa que la capacidad que tienen de engañarse nuestros sentidos.
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Si dudo, si me alucino, vivo. Si me engaño, existo. ¿Cómo engañarme al afirmar que existo, si tengo que existir para engañarme?
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El buen cristiano se guardará del astrólogo y todos aquellos que hacen profecías vacías, sobre todo si aciertan. Se corre el peligro de que hayan hecho un pacto con el diablo para engañar al espíritu y confinar al hombre en el infierno
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Cualquier mujer puede engañar a un hombre si ella quiere y él está enamorado de ella.
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Mi querida más fiel fue la esperanza que me suele engañar y no me deja.
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La madurez es aquella edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo.
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Toda muchacha es una maestra innata, y aunque con ella no se pudiese aprender nada más, se aprendería por lo menos una cosa: el modo de engañarla. Nadie nos puede enseñar tal cosa como ella.
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Pero es preciso tener una refinadísima habilidad para saber sacar partido de un aire atolondrado; y quien lo posee puede obtener muchísimo por ese medio. Yo me he servido de eso muchas veces para engañar a algunas muchachas.
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Había pasado el tiempo en que podía engañarme sobre el carácter provisional de todo lo que empezaba.
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El hombre poco claro no puede hacerse ilusiones; o se engaña a sí mismo o trata de engañar a otros.
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¿Quién podrá engañar a quien ama?
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El delito de los que nos engañan no está en el engaño, sino en que ya no nos dejan soñar que no nos engañarán nunca.
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De todas las formas de engañar a los demás, la pose de seriedad es la que hace más estragos.
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Déjame vivir ilusionado que para lo que dura la vida, más vale engañarnos seriamente, y no andar en controversias.
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Al trabajo le llaman virtud los que no tienen que trabajar, para engañar a los que trabajan.
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Engañar a los hombres de uno en uno es bastante más difícil que engañarlos de mil en mil. Por eso el orador tiene menos mérito que el abogado o el curandero.