La literatura. A lo que no tenga encanto y cierta serenidad no podremos llamarlo literatura. Incluso en la crítica debe hallarse alguna amenidad; si falta por completo, entonces ya no es literatura. En los periódicos encontramos todo el tiempo esta repele
Frases célebres sobre: ent. [Página 1016]
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Hay dos maneras de ser sublimes: a través de las ideas o a través de los sentimientos. En el segundo caso, poseemos palabras de fuego que penetran y que arrastran. En el primero, sólo poseemos palabras de luz que calientan poco, pero que cautivan. La extr
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Cuando las palabras no enseñan nada, es decir, cuando éstas no son más apropiadas que otras para expresar un pensamiento, cuando éstas no tienen ningún vínculo necesario con él, entonces la inteligencia o la memoria no alcanzan a retenerlas, o las retiene
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Si no se tiene cierta condescendencia y cierto respeto por el autor, la mitad de un libro serio impacienta siempre cuando es nuevo y dice cosas nuevas; no oímos nada de lo que nunca hubiéramos pensado.
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Siempre estamos pidiendo nuevos libros, pero en ésos que poseemos desde hace mucho tiempo hay inestimables tesoros de ciencia y de entretenimiento que desconocemos porque hemos decidido privarnos de ellos.
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No deseamos que los libros nos vuelvan mejores, sino más felices que aquellos que los hicieron; que tengan carne y sangre, ingenio y alma. Odiamos -o, cuando menos, ya no sabríamos admirar- los talentos puros.
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En moral, para alcanzar el centro hay que aspirar al hecho. En literatura, por el contrario, para alcanzar fácilmente el hecho sólo se debe aspirar al centro: cualquier esfuerzo en la subida gasta las fuerzas.
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Una blandura que no enternece, una energía que no fortalece nada, una concisión que no dibuja ningún tipo de rasgos, un estilo del cual no emanan ni sentimientos ni imágenes ni pensamientos no posee ningún mérito.
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Cuando en vez de sustituir las imágenes por las ideas, sustituimos las ideas por las imágenes, embrollamos el tema, oscurecemos su materia, volvemos menos clarividente el espíritu de los otros y también el nuestro.
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Hay pensamientos que no necesitan cuerpo, forma, espejo, expresión, etcétera. Para mostrarlos o para que se escuchen, basta con nombrarlos vagamente o con susurrarlos. Desde la primera palabra los escuchamos, los vemos.
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El ritmo se produce por cadencias, como la armonía por sonidos. Eran cadencias y no sonidos, ritmos y no armonía, lo que los acentos y la medida de las sílabas largas o breves producían en las lenguas de los griegos y latinos.
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El estilo declamatorio tiene a menudo los inconvenientes de esas óperas en las cuales la música impide escuchar las palabras: en él las palabras impiden ver los pensamientos.
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¡Afortunados, en literatura, los que vienen después de los peores! ¡Desafortunados los que vienen después de los excelentes! En la vida y en el mundo ocurre todo lo contrario.
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Hay en la perfección de una obra algo que está ligado a la perfección del instrumento o del lenguaje; y en la fuerza de un gran talento hay algo de absolutamente independiente.
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Incluso para el éxito momentáneo no basta con que una obra sea escrita con los atractivos propios del tema: tiene también que ser escrita con los atractivos propios del lector.
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El gusto aumenta la memoria; existe la memoria del gusto: nos acordamos de lo que nos ha gustado. Existe también la de la imaginación: nos acordamos de lo que nos ha encantado.
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Las ideas cumplen la función de la luz y participan de su naturaleza, pero el razonamiento es como un bastón que realiza una especie de tanteo allí donde debe hallarse algo muy palpable.
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Entre el espíritu y el alma está la imaginación, que participa del uno y de la otra. Entre el espíritu y la imaginación está el juicio, está el gusto.
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Los libros, los pensamientos y el estilo moderado causan al espíritu el mismo buen efecto que un rostro tranquilo causa a nuestros ojos y a nuestros humores.
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En el lenguaje ordinario, las palabras sirven para nombrar las cosas, pero cuando el lenguaje es realmente poético, las cosas sirven para nombrar las palabras.