Hay varias clases de curiosidad; una, interesada, que nos lleva a desear aprender lo que nos puede ser útil; otra orgullosa, nacida del deseo de saber lo que otros ignoran.
Frases célebres sobre: ida. [Página 553]
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Hay momentos en la vida en que conviene ser un poco loco para salir bien parado.
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Nuestra envidia dura siempre más que la felicidad de aquellos a quienes envidiamos.
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Se encuentran medios para sanar la locura, pero no se encuentran para enderezar una mente retorcida.
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La adulación es una moneda falsa que tiene curso gracias solo a nuestra vanidad.
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Quiero que utilices todo tu poder, toda tu habilidad. No quiero que su madre lo vea así.
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Bien...Yo siempre creí que toda confesión no transfigurada por el arte es indecente. Mi vida está en mis poemas, mis poemas son yo mismo, nunca escribí una coma que no fuese una confesión.
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Nunca el hombre es tan ridículo por las cualidades que tiene, como por aquellas que cree tener.
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Esas acciones grandiosas y espléndidas que deslumbran, según los políticos son efecto de grandes designios, pero por lo común tan solo son efecto del talante y de las pasiones. Así, la guerra de augusto con antonio, que se atribuye a la ambición de ambos
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Se necesitan virtudes más grandes para soportar la prosperidad que la suerte adversa.
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Lo que hace que la mayoría de las mujeres sean tan poco sensibles a la amistad es que la encuentran insípida luego de haber probado el gusto del amor.
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La filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía.
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La verdadera prueba de que se ha nacido con grandes cualidades estriba en haber nacido sin envidia.
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No se debe juzgar a un hombre por sus cualidades, sino por el uso que hace de ellas.
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Hablamos muy poco, excepto cuando la vanidad nos hace hablar.
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La debilidad de carácter es el único defecto que no se puede enmendar.
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Una vida feliz es imposible. El fin supremo a que debe aspirar un hombre es una carrera heroica.
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Esa clemencia, de la que se hace una virtud, a veces se practica por vanidad, otras por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por esas tres razones juntas.
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Aquellos a quienes se condena al suplicio manifiestan a veces una fortaleza y un desprecio a la muerte que en realidad no es más que el temor a mirarla cara a cara; de modo que puede decirse que esa fortaleza y ese desprecio son para su ánimo lo que la ve
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El orgullo se resarce siempre y no pierde nada, incluso cuando renuncia a la vanidad.