Si el paraíso terrenal fuera así igualmente ilegible el infierno sería preferible al ruidoso país que nunca rompe su silencio.
Frases célebres sobre: mente. [Página 286]
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Quienes insisten en llamar a las cosas por sus nombres como si fueran claras y sencillas las llenan simplemente de nuevos ornamentos.
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Si se ha de escribir correctamente poesía, no basta con sentirse desfallecer en el jardín, bajo el peso concertado del alma o lo que fuere y del célebre crepúsculo o lo que fuere.
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Tendría que empezar a ser de nuevo para aceptar el mundo como si no fuese solamente lo único que conservo de ti.
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Realmente, sólo los padres dominan el arte de educar mal a los hijos.
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Los hombres sólo se unen con sinceridad socialmente cuando se trata de reventar a un tercero
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En arte, lo verdaderamente original repugna a las masas.
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Un poeta nunca es rotundamente sincero.
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Mire usted; cuando un coche sale de mi fábrica rumbo al circuito, me parece lleno de defectos y realmente feo. Por el contrario, si regresa triunfador, le admiro como si tratara de una obra de perfección
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Y solamente en la competición, yo veo la vida
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El que pide la mano de una mujer, lo que realmente desea es el resto del cuerpo
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Eres hermosa, dijo sin grandilocuencia. Eso es lo de menos, replicó cortésmente.
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El hombre que cortésmente indica el camino al que se ha perdido, hace como si encendiera la lámpara de aquél con su propia lámpara; y aquélla brilla para él no menos que para aquél.
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Probablemente nada en el mundo suscita tantas falsas esperanzas como las primeras cuatro horas de un régimen dietético.
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Al alba a las lozanías habla solamente una mujer.
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La mente puede sencillamente no ser lo suficientemente grande para comprender la mente.
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No hay secretos para el éxito. Éste se alcanza preparándose, trabajando arduamente y aprendiendo del fracaso.
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Cuántos siglos necesita la razón para llegar a la justicia que el corazón comprende instantáneamente.
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Las virtudes son hermanas que se abrazan estrechamente; cuando una cae, todas vacilan; cuando una se levanta, todas cobran ánimo
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Existe una convención poco tácita entre el autor y el lector, por la cual el primero se denomina enfermo, y acepta al segundo como enfermero. ¡El poeta es quien consuela a la humanidad! Los papeles están arbitrariamente invertidos.