Afortunadamente, no tenemos por qué parecernos a nuestros retratos.
Frases célebres sobre: nues. [Página 140]
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Inmóviles para siempre bajo nuestros párpados tal como la mujer gusta de ver al hombre después de haber hecho el amor.
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Muchas veces las palabras que teníamos que haber dicho no se presentan ante nuestro espíritu hasta que ya es demasiado tarde.
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Nuestra alegría es igual que el agua movediza de los ríos, que sólo debe su frescor a su constante fugacidad
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Nuestra sensibilidad por la estatua mutilada, por el bronce de las excavaciones arqueológicas, es reveladora. No coleccionamos ni los bajorrelieves borrosos ni las oxidaciones; no es la presencia de la muerte lo que nos retiene sino la de la supervivencia
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Llamamos peligrosos a los que poseen un espírutu contrario al nuestro, e inmorales a los que no profesan nuestra moral.
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Al final de nuestra vida, creo que las únicas cosas agradables serán las que soñamos y las que no llegamos a hacer.
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La vida sólo nos parece corta porque la medimos inconsiderablemente con nuestras locas esperanzas
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El peligro de nuestra época está en que hay escritores que creen, de buena fe, que defender el amoralismo, la apatía, la ley de la jungla o el arte infernal, es signo de valentía
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En una discusión, lo difícil no es defender nuestra opinión, sino conocerla.
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Las huellas del hombre sobre el hombre son eternas y ningún destino se ha cruzado impunemente con el nuestro.
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Muchas veces las palabras que tendríamos que haber dicho no se presentan ante nuestro espíritu hasta que ya es demasiado tarde.
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Llamamos peligrosos a los que poseen un espíritu contrario al nuestro, e inmorales a los que no profesan nuestra moral.
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Nuestra naturaleza humana nos hace pensar razonablemente y actuar insensatamente.
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Nuestra vida está en gran parte compuesta por sueños.Hay que unirlos a la acción
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Nuestra vida está compuesta en gran parte por sueños. Hay que encaminarlos a la acción
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Si pudiéramos desterrar la palabra serio de nuestro vocabulario, muchas cosas se arreglarían.
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Encontrarse nuestros ojos.
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Como el mueble y la tela, tu desnudo ya no tenía imponencia bajo el aire, bajo el alma, bajo nuestras almas. Nosotros ya no entendíamos de aquello. Era el suelo de un ámbito celeste, imponderable. Éramos transparencias altísimas, calientes.
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La poesía de sus costumbres y de sus creencias, de las que mucho se habla, la dejaron en la orilla del océano; acá solo trajeron malos hábitos, viveza y bellaquería, y si no nuestro Leonardo puede decir alguna cosa al respecto.