Una pluma se puede convertir en una piedra, dependiendo de la mano.
Frases célebres sobre: pie. [Página 84]
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Cuando pienso que un hombre juzga a otro, siento un gran estremecimiento.
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Los ángeles del otoño, con un dedo en los labios, le ordenan a la vida que no te despierte.
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El lecho del tamaño del deseo para intentar todas las caricias y confundir las pieles en el largo sudor que resplandece en la media luz de las cortinas de la tarde.
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Tu pie, decoro del marfil más puro.
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Empieza a sobrarme un poco de pasado -se queja Luder-. Ya no sé dónde meterlo ni qué hacer con el. Eso quiere decir que me estoy volviendo viejo.
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En el miedo extremo no hay piedad
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La textura de tu piel es tan tersa y sensual que embriaga a los hombres como una dulce melodía...
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Como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.
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No nos vimos nunca pero no importaba, mi hermano despierto mientras yo dormía, mi hermano mostrándome detrás de la noche su estrella elegida
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Una casa: ya sé que se deja, se destruye, se pierde, se vende, se abandona. Pero al niño hay que dársela porque no olvidará nada de ella, nada será desperdiciado, su memoria conservará el color de sus muros, el aire de sus ventanas, las manchas del cielo
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Pienso a menudo que así como la literatura de algún autor es la hechura de su propia vida, así también la vida de un autor es lo que uno escribe.
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Sospecho que se debería introducir otra forma de separación de poderes. También pienso, por supuesto, que tales transformaciones de las instituciones políticas deberán realizarse en el marco de los principios constitucionales hoy reconocidos, fundándose e
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Feliz no es el rico, sino el que se encuentra a gusto dentro de su piel.
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Las personas que tienen poco que hacer son por lo común muy habladoras: cuanto más se piensa y obra, menos se habla.
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Entre menos piensa el hombre, más habla.
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El aire se notaba cada vez más caliente y espeso. Pegajoso, se adhería a la piel como una molesta película, y traía desde la selva el silencio previo a la tormenta. De un momento a otro se abrirían las esclusas del cielo
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Un mandato desconocido le indicaba que matarla era un imprescindible acto de piedad.
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Él quería gritar, pero los roedores del pánico le destrozaban a dentelladas la lengua. Él quería correr, pero las delgadas serpientes voladoras le ataban las piernas.
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La humanidad cesa de lanzar piedras contra sus espíritus superiores tan pronto les puede levantar un monumento.