Hay dos clases de revolucionarios; los unos desean la revolución y la libertad: son los menos; los otros quieren la revolución y el poder: son la inmensa mayoría.
Frases célebres de François-René de Chateaubriand. [Página 2]
François-René, vizconde de Chateaubriand fue un diplomático, político y escritor francés considerado el fundador del romanticismo en la literatura francesa.
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Para llegar a aborrecer a los conquistadores, habría que saber todos los males que causan; habría que ser testigo de la indiferencia con la que se les sacrifican las más inofensivas criaturas en algún rincón del globo en el que ellos jamás han puesto los
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Acaso no haya nada tan considerable en la historia de los cristianos como Rancé rezando a la luz de las estrellas, apoyado en los acueductos de los césares, a la puerta de las catacumbas: el agua se lanzaba con fragor por encima de las murallas de la Ciud
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En el valle del Ródano me encontré a una muchachita casi desnuda que bailaba con su cabra; pedía caridad a un joven rico y bien vestido que pasaba por la posta, con un correo con galones delante y dos lacayos detrás de la brillante carroza. ¿Os imagináis
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En general, se llega a los negocios por lo que se tiene de mediocre, y se permanece en ellos por lo que se tiene de superior. Esta unión de elementos antagónicos es la cosa más inusual, y por ello hay tan pocos estadistas.
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La censura ha perdido a todos aquelllos a quien quiso servir.
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Para borrar nuestras faltas a los ojos de los hombres son precisos torrentes de sangre; pero ante Dios una sola lágrima basta.
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La tristeza ocupa siempre lo interior de las alegrías del hombre.
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La vejez es, como la maternidad, una especie de sacerdocio.
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La ausencia de la patria produce la tristeza más dulce del corazón.
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Basta con aguantar en la vida para que los ilegítimos queden legitimados. Se siente una infinita estima por la inmoralidad, porque no ha dejado de serlo y el tiempo la ha condecorado con arrugas.
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Los hombres serán siempre lo que quieran las mujeres.
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Los demás siempre nos parecen más felices que nosotros, y sin embargo lo extraño es que el hombre que cambiaría con gusto su posición no consentiría casi nunca en cambiar su persona. Acaso quisiera rejuvenecer un poco, pero no demasiado todavía, y andar b
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Es que los hombres tienen que hacer ruido al precio que sea; poco importa el peligro de una opinión, si hace célebre a su autor; y preferimos pasar por bribones antes que por necios.
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En general, el cristianismo es sobre todo admirable por haber convertido al hombre físico en hombre moral. Todos los grandes principios de Roma y de Grecia, la igualdad, la libertad, se encuentran en nuestra religión, pero aplicados al alma y al genio y c
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Tengamos fe en la religión y en la libertad, las dos únicas cosas grandes del hombre: la gloria y el poder son deslumbrantes, no grandes.
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La historia es un puro engaño; permanece tal como la maquilló y amañó algún gran escritor. Aun si halláramos unas Memorias que demostraran hasta la evidencia que Tácito sólo escribió imposturas al contar las virtudes de Agrícola y los vicios de Tiberio, A
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La pena de muerte sólo se ha perpetuado por una especie de crimen legal.
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Una sola palabra basta para destruir la dicha de los hombres.
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Los bosques se adelantan de las civilizaciones. Los desiertos las siguen.