La diatriba es el pus de una úlcera del alma.
Frases célebres de Ignacio Manuel Altamirano. [Página 3]
Ignacio Manuel Altamirano fue un escritor, periodista, profesor y político mexicano.
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La embriaguez de la cólera es más vergonzosa que la embriaguez del vino.
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La envidia como la ictericia se conoce en el color de los ojos y en el de la piel.
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La envidia es al mérito lo que la cobardía al valor.
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La envidia es el cáncer del talento. No tener envidia es un privilegio de salud que debe agradecerse a los dioses más que la salud física.
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La envidia es la impotencia irritada por el mérito.
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La envidia es proteiforme. Sus manifestaciones más comunes son la crítica amarga, la sátira, la diatriba, la injuria, la calumnia, la insinuación pérfida, la compasión fingida, pero su forma más peligrosa es la adulación servil.
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La envidia es un buitre que se alimenta de sus propias entrañas.
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La envidia es una furia que se disfraza casi siempre de vieja devota.
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La envidia es una sombra que oscurece el semblante y entristece el espíritu.
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La envidia hace sufrir al envidioso más que a los censurados la censura.
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La envidia no tiene nunca ni la franqueza de la risa, ni el arrebato de la cólera; no tiene más que sonrisas frías y lágrimas ocultas.
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La fidelidad y la gratitud son dos flores raras que se encuentran difícilmente. Sólo Dios se encarga de su cultivo; los jardineros no logran generalmente producir más que una falsificación de ellas. A veces se les confunde, por lo cual es preciso conocerl
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La franqueza áspera produce las más de las veces odio; pero la lisonja produce desprecio siempre.
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La ingratitud es el precio del favor inmerecido.
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La inocencia no tiene edad.
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La insolencia es el escudo de la desvergüenza y la fortaleza de la cobardía.
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La mujer siempre halla motivo para llamarse desgraciada.
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La única ternura inalterable es la que siente el perro hacia su amo. Todavía el hijo suele irritarse contra el padre; todavía el padre suele maldecir a su hijo. Sólo el perro sufre una paliza de su amo, y llora de amor por él.
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La voz de la envidia es el pregón de la inferioridad del envidioso.