Asearse con esmero, no es cuestión de opinión política sino de higiene y educación.
Frases célebres de Ignacio Manuel Altamirano.
Ignacio Manuel Altamirano fue un escritor, periodista, profesor y político mexicano.
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Así como la tierna corteza de un árbol sumergida por mucho tiempo en las aguas de cientos de ríos, se petrifica, el corazón humano sumergido en el pesar, al fin se vuelve empedernido.
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Aunque un tirano no debiera temer más que la pluma de un Tácito, esto sería suficiente para hacerle temblar.
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Confesar el mérito de otro es probar que uno lo tiene. Negarlo injustamente, prueba que no pudiendo uno elevarse, pugna por poner a todo el mundo a su nivel.
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Contra el salteador, el cuatrero y el ratero hay la acción criminal. Contra el ladrón literario no hay nada y, además, el robado costea el precio de la magnesia para pagar la bilis que produce el despojo.
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Creer uno que sabe Historia porque la conoce en los compendios, es querer formarse idea de la grandeza del mar, al comer una ostra.
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Decid a los hombres las verdades como dais purgas a los niños. De otro modo lograreis irritarlos sin corregirlos.
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Dominar la cólera, tiene más mérito que batirse en duelo por no haberla dominado.
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El amor y el celo nacen en el mismo huevo como Cástor y Pólux.
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El antagonismo para el hombre de mérito es el combate noble; para el envidioso es la cruel tortura.
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El celo, hijo de la desconfianza, es hermano de la credulidad.
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El celo se espanta con poco y se tranquiliza con menos.
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El envidioso, a los hombres irritables causa cólera; a los reflexivos tan sólo inspira lástima.
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El escritor público, en cambio de sus triunfos, tiene mil pequeñas penas. El ignorante pretencioso, ese escarabajo de la literatura, lo mancha con su inmunda sátira, el patán no lo entiende, la dama sólo torna sus artículos para hacer moldes o para guarda
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El hígado es la víctima de la envidia. No pocas veces lo es también el corazón.
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El matrimonio es como la moda; todo el mundo habla mal de ella, pero todo el mundo la acepta para sí y su familia.
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El mayor castigo que puede imponerse a la envidia es el desprecio. Hacerle caso es permitirle saborear un síntoma de victoria.
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El placer es débil cuando no se forja en la fragua del deseo.
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El poder tiene espinas, pero para algunos gobernantes es sabroso, con todo y ellas, como las sardinas.
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El poder es duro oficio, pero para algunos es el único.