A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia.
En las iglesias protestantes el objeto que más salta a la vista es el púlpito; en las católicas, el altar. Es un símbolo de que el protestantismo se dirige primariamente a la intelección: el catolicismo, a la fe.
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Bajo el imperio de un interés amoroso, desaparece todo peligro y hasta el ser más pusilánime encuentra valor.
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Cada partida es una anticipación de la muerte y cada encuentro una anticipación de la resurrección.
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De vez en cuando se aprende algo, pero se olvida el día entero.