A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia.
No hay mayor goce espiritual que la lectura de los antiguos clásicos: su lectura, aunque de una media hora, nos purifica, recrea, refresca, eleva y fortalece, como si se hubiese bebido en una fresca fuente que mana entre rocas.
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Bajo el imperio de un interés amoroso, desaparece todo peligro y hasta el ser más pusilánime encuentra valor.
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Cada partida es una anticipación de la muerte y cada encuentro una anticipación de la resurrección.
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De vez en cuando se aprende algo, pero se olvida el día entero.