Nunca te pongas nada permanente, porque no se piensa igual con 20 años que con 60.
Frases célebres sobre: ada. [Página 359]
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Un poeta debe ser mas útil que cualquier otro ciudadano de su tribu
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Hay tiempo para trabajar y tiempo para amar, pero no hay tiempo para nada más
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Hay tiempo para trabajar y tiempo para amar y no hay tiempo para nada más.
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Durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó
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El perfume anuncia la llegada de una mujer y alarga su marcha.
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Si has nacido sin alas, no hagas nada por impedir que te crezcan
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No preguntéis al tiempo nada. La desgracia nunca responde
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El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda.
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Donde todos sirven para todo, nadie sirve para nada
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Nada menos extraño que las contradicciones que se descubren en el hombre.
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Se sueña sólo cuando se duerme. Son palabras como sueño, nada de la vida, paso por la tierra, la preposición tal vez, el trípode desordenado, quienes han infiltrado en vuestras almas esa poesía húmeda de languideces, semejante a la podredumbre. De las pal
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Existen mujeres casadas que tienen una angustiosa inquietud por realizar labores fuera de su ámbito familiar con detrimento de sus obligaciones de esposas y madres
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No me quejaré. He recibido la vida como una herida y he prohibido al suicidio que cure la cicatriz. Quiero que el Creador contemple, en cada hora de su eternidad, la grieta abierta. Es el castigo que le inflijo.
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El enseñar a los niños a querer a sus padres y hermanos y a ser respetuosos con sus superiores, hecha los cimientos de correctas actitudes mentales y morales para llegar a ser buenos ciudadanos.
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La educación es una segunda existencia dada al hombre; es la vida moral, tan apreciable como la vida física.
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La fortuna material es asociada con las propiedades del cuerpo, por lo que el honor pertenece a las propiedades del alma.
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Cuando tenía quince años, estaba empeñado en aprender; a los treinta, contaba con una base firme; a los cuarenta, ya no tenía dudas de nada; a los cincuenta, conocía la ley del cielo; a los sesenta, tenía los oídos bien abiertos; a los setenta, era capaz
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Cuando uno examina su propia interioridad y comprueba que no hay en ella nada malo, ¿por qué habría de ser triste, qué tiene que temer?
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Nada hay en el mundo tan común como la ignorancia y los charlatanes.