Si me detengo a reflexionar en lo que es propio decir a ésta o aquella persona, pronto dudaré que exista una parte de mi relato que con propiedad pueda contarse.
Frases célebres sobre: aquella. [Página 21]
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Siempre tuve por muy irreflexiva aquella opinión, muy común entre nosotros, que le compara a un pájaro posado en una rama, cantando libre y caprichosamente, sin conocimiento de las miserias y trabajos de los demás hombres.
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Aquella gente apenas tenía nada, salvo montones de oro.
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Aquella alfombra había visto mucha vida. Tal vez incluso había hecho evolucionar alguna.
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Un matrimonio aceptable sería sólo aquel en que ambos tuvieran su propia vida independiente sin nada de aquella fusión producto de la comunidad de intereses determinada por factores económicos, pero que asumieran libremente una responsabilidad recíproca.
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De aquí aquellas lágrimas.
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El hombre de honor no tiene más patria que aquella en que se protegen los derechos de los ciudadanos y se repeta el carácter sagrado de la humanidad
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Aquella tarde afirmó que la intensa luminosidad de la luna estaba en relación directa con una especial actividad espiritual. Los efectos de una luna llena como aquélla podían ser múltiples. Influía en los sueños, en la locura, en la gente nerviosa y hasta
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Aquella conversación me estaba interesando cada vez más. Yo era igual de depravado que los demás jóvenes de mi edad, y el carácter abyecto de mi propósito me importaba un ardite ahora que se habían despertado el amor propio y todas las pasiones que se mez
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Aquella vez se perdieron tus ojos en los míos y yo sin detener el alma logré despedazar a tu tristeza.
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Aquella se puede llamar felicidad, que con nuestros deseos se mide.
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Hay una diferencia entre ser poeta y escribir poemas. Empecé a componer como entretenimiento y, con sorpresa, fui descubriendo que aquella verdad interior que yo sentía se plasmaba sobre el papel y me pertenecía...Es un momento mágico.
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Evita la conversación de aquellas personas cuya palabra, en vez de ser trabajo, es placer. Los grandes parlanchines suelen ser espíritus refinadamente egoístas, que buscan nuestro trato, no para estrechar lazos sentimentales, sino para hacerse admirar y a
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Verdaderamente es venerable aquella ancianidad que no por las canas, sino por los méritos, blanquea.
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Hubieras temido ver tu cuerpo sangrante en el éxtasis de aquella ceremonia, el proferimiento de cuyo nombre tan sólo hubiera bastado para hacerte morir de un goce irresistible, de un goce que hubiera trascendido todas las posibilidades de tu cuerpo y que
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Me sentía incómodo, aplastado por todo aquel aire, y perdido en el umbral de perspectivas innombrables y confusas. Pero aún sabía actuar, en aquella época, cuando era absolutamente necesario.