Tu pie, decoro del marfil más puro.
Frases célebres sobre: oro. [Página 26]
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Cuando tengo un orgasmo yo lloro
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El oro hace soberbios, y la soberbia, necios.
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La palabra es plata y el silencio es oro.
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Sabemos de dónde venimos: los recuerdos del mundo exterior pueblan nuestros sueños y nuestra vigilia, nos damos cuenta con estupor de que no hemos olvidado nada, cada recuerdo evocado surge ante nosotros dolorosamente nítido. Pero a dónde vamos no lo sabe
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La autoridad es la corona de la vejez.
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No fue Filipo, sino el oro de Filipo, quien tomó las ciudades de Grecia.
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La bebida apaga la sed, la comida satisface el hambre; pero el oro no apaga jamás la avaricia.
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Y con respecto a las multitudes, ¿no consiste la templanza principalmente en obedecer a los que mandan y mandar ellos, en cambio, en sus apetitos de comida, bebida y placeres amorosos?
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A mí el libro que me gusta es el que no tiene ni principio ni fin. Ni alga ni omega. Me agrada la novela permeable y porosa.
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El tesoro del hombre es su verde juventud; el resto de la vida es invierno y senectud.
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Mi pequeña palomita, mi pequeña, toda linda, perlita mía, besadme: con la boca toda llena de amor, quitadme la pena de mi amoroso cuidado.
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Yo devoro mi existencia con un apetito insaciable. Cómo terminará todo esto, lo ignoro.
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La desintegración es algo que le sucede a todas las cosas. Cuando se desploma un caballo, una persona o un adversario, se desmoronan del ritmo del tiempo.
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Tener el control en la vida nunca es fácil, y a veces puede ser hasta doloroso. Pero a largo plazo las experiencias óptimas añaden un sentimiento de maestría o tal vez mejor sea decir, un sentimiento de participación al determinar el contenido de la vida
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¿Qué representó para usted el cálculo de sus probabilidades de victoria en el Torneo de Portoroz? Para mí, el tablero de ajedrez es un campo de batalla y no los libros de un contador.
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Les venden los campos con gaucho adentro, exploran hectáreas, explotan los cerros a nuestro paraíso de la cordillera quieren convertirlo en área minera van a pudrir todo para llevarse el oro.
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Cuando reventamos a coro abrazando codos de pie, empujando hombro con hombro una ronda de gente que exorciza su timidez baila y pisa y pisan sus pies.
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Yo adoro a mi ciudad cuando las chicas con su minifalda parecen darle la mágica espalda a la inhibición popular.
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Una copa acartona el recuerdo, pero, al propio tiempo, convierte la onerosa gravedad de tu cuerpo en una suerte de porosidad flotante... pasado el trance, sobreviene el decaimiento.