En general, los hijos no empiezan a querer a sus padres hasta pasados los treinta años.
Frases célebres sobre: pie. [Página 107]
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En la vida social, las conversaciones más interesantes empiezan siempre cuando tienen que concluirse.
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No pierdas el tiempo golpeando la pared, con la esperanza de transformarla en una puerta
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Una mujer que piensa que es inteligente exige los mismos derechos que el hombre. Una mujer inteligente se da por vencido.
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Nunca te pongas nada permanente, porque no se piensa igual con 20 años que con 60.
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El lujo es una necesidad que empieza cuando acaba la necesidad
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No se sabe la fuerza moral que pierde la exhortación a un desdichado cuando se la dirige el que es dichoso
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La fortuna material es asociada con las propiedades del cuerpo, por lo que el honor pertenece a las propiedades del alma.
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Bien sé que soy mortal, una criatura de un día. Pero si mi mente observa los serpenteantes caminos de las estrellas, entonces mis pies ya no pisan la Tierra, sino que al lado de Zeus mismo me lleno con ambrosía, el divino manjar.
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El hombre superior piensa siempre en la virtud; el hombre vulgar piensa en la comodidad.
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Si uno se sabe de memoria las trescientas piezas del cancionero, pero cuando se le encargan las funciones de gobierno no es capaz de desempeñar el puesto, o mandado en calidad de enviado al extranjero no se sabe contestar por sí mismo, ¿de qué sirve tanta
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Estudiar equivale a pulir la piedra. A fuerza de cultivarla, se purifica el espíritu.
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Piensa en lo valioso.
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Mal puedo arrepentirme de algunas de mis obras ya que casi todas ellas las gané por concurso. Me gusta presentarme a ellos. Se gana y se pierde, pero en todo su desarrollo me divierto mucho. Esto es muy importante: divertirse con lo que uno hace.
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Mira lo que es correcto y no hagas que pierda su valor.
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Cuando veas un hombre bueno, piensa en imitarlo; cuando veas uno malo, examina tu propio corazón
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Vivir es pensar...eso pienso.
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Soy hermosa y mi piel es suave y el viento del mar me devuelve rocío de tiernas tersuras.
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Hasta que la frágil luminosidad de la madrugada los revelaba. Estaban separados, de pie sobre la colina. Exhaustos, frescos. Habían pasado a través de la oscuridad por el misterio de la naturaleza de los seres.
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Entras. Te sientas. Cruzas las piernas. Y los ojos se me caen como moneditas falsas, tintineando.