Vivimos en una época de tal individualismo que ya no se habla nunca de discípulos; se habla de ladrones.
Frases célebres sobre: ron. [Página 112]
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El pesimismo sin ironía es de mal gusto.
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Una circunstancia esencial de la justicia es administrarla prontamente: hacerla esperar o diferirla es ya una ínjusticia.
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Una cualidad de la justicia es hacerla pronto y sin dilaciones; hacerla esperar es injusticia.
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Los fuegos eternos de esa morada brillaron con nuevo resplandor, y los demonios aumentaron los suplicios de los condenados para mejor gozar con sus aullidos.
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Quise ponerme de pie, pero estaba retenido en mi sitio, y en la imposibilidad de hacer ningún movimiento. Un frío glacial traspasó mis miembros; sentí el escalofrío de la fiebre: mis visiones se convirtieron en ensueños, y por último quedé dormido.
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El espectáculo era tanto más repulsivo cuanto que los horribles cadáveres, agitados por el viento, se balanceaban de manera fantástica, mientras buitres atroces los tironeaban para arrancarles jirones de carne; apartando los ojos con espanto, me hundí en
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No podría decirte qué momento, qué lugar, qué mirada o qué palabra sirvieron de base. Hace ya demasiado tiempo. Lo que sí sé decirte es que para cuando me di cuenta ya estaba metido hasta el cuello.
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La ironía es la unión de verdades contradictorias para crear una nueva verdad sonriendo o riendo. Y confieso que, si la verdad no se dice con una sonrisa, yo la considero falsa y una negación de la naturaleza humana en sí misma.
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Mientras están vivos, nuestros padres son la frontera entre nosotros y la muerte. Cuando mueren, pasamos al primer puesto de la fila.
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La bestialidad nunca cruza las fronteras, donde pone el pie es siempre territorio suyo.
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Representaos a un hombre cuyo cuerpo y alma estaban igualmente relajados por la voluptuosidad, y a quien amenazan los horrores de un suplicio cruelmente prolongado. Creí ya sentir los dolores de la tortura, y los cabellos se me erizaron; el estremecimient
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La televisión es a la cultura lo que el microondas a la gastronomía.
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No sé cómo no los advirtieron, cómo no se sintieron quemados ni traspasados, mis ojos debían ser como ascuas o agujas.
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Una ola de una alegría más tierna escapó de su corazón para correrle en cálido torrente por las arterias. Como el tierno calor de las estrellas, rompieron a iluminar su memoria.
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Hay que verlo para creerlo. Tus ojos estrellados y tu cuello de alabrasto me robaron el corazón.
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Se podía cultivar cualquier cosa en el suelo de Irlanda, declaró, y ahí estaba ese coronel Everard allá en Navan cultivando tabaco. ¿Dónde se puede encontrar algo parecido a la panceta irlandesa?
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¿Cómo podría descansar, se quejó roncamente, mientras vago por Dublín todo este tiempo con mi lote de canciones y él tras de mí tal que un alma en pena o un fantasma? Mi infierno, y el de Irlanda, están en esta vida.
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Despiértate pensando vagamente que el portero de noche os ha llamado. Y escucha en el silencio: sucediéndose hacia lo lejos, se oyen enronquecer los tranvías que llevan al trabajo. Es el amanecer.
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Una larga experiencia me ha enseñado que en Inglaterra ni ellos ni ellas van al teatro a no ser que tengan bronquitis.