En el lenguaje ordinario, las palabras sirven para nombrar las cosas, pero cuando el lenguaje es realmente poético, las cosas sirven para nombrar las palabras.
Frases célebres de Joseph Joubert. [Página 8]
Joseph Joubert . Moralista francés
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Hay armonía en el espíritu siempre que hay exactitud en las expresiones. Ahora bien, cuando el espíritu está satisfecho, pone poca atención a lo que el oído desea.
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Lo importante, en la elocuencia y en las artes, no está en lo que decimos, sino en lo que dejamos oír; no está en lo que pintamos, sino en lo que dejamos imaginar.
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Todas las formas de estilo son buenas, con tal de que sean empleadas con gusto; existe una gran cantidad de expresiones que en unos son defectos y en otros son virtudes.
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Es de esa clase de inteligencia parecida a los espejos convexos o cóncavos, que representan los objetos tal y como los reciben, pero que nunca los reciben tal y como son.
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El pulido y el acabado son al estilo lo que el barniz a los cuadros; los conserva, los hace durar, de alguna manera los eterniza.
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Sin las alusiones a la Biblia, ya no habría en los buenos libros escritos en nuestra lengua nada de ingenuo, de familiar, de popular.
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La manera es al método lo que la hipocresía a la virtud; pero es una hipocresía de buena fe; quien la posee, se deja engañar por ella.
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Hay rudeza en los latinos. La moderación, una moderación noble y de buen gusto, distingue a los griegos y, sobre todo, a los atenienses.
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Sólo se debe emplear en un libro la dosis de ingenio que se requiere, pero en la conversación se puede emplear más de la que se requiere.
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Ciertos escritores se crean noches artificiales para dar un aspecto de profundidad a su superficie y más relumbre a sus luces mortecinas.
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Son pocos los libros que pueden gustarnos toda la vida. Hay algunos de los que nos cansamos con el tiempo, con el saber y con la sensatez.
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La elocuencia de corto alcance es naturalmente la del pueblo y la de los niños, y admite expresiones ricas, más ricas incluso que la otra.
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Hay que tratar a las lenguas como a los campos; para volverlas fecundas, cuando ya no son nuevas, hay que removerlas desde lo más profundo.
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Entre la estima y el desprecio hay, en literatura, un intervalo y un camino bordeado de éxito sin gloria que se obtiene también sin mérito.
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Los antiguos decían que un discurso adornado no tenía costumbres, es decir, que no expresaba el carácter y las inclinaciones de quien hablaba.
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Que las palabras se separen bien del papel: es decir, que se fijen fácilmente en la atención, en la memoria, que sean fáciles de citar y desplazar.
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En literatura, el gusto, las reglas, el género, la belleza, son invariables por esencia, como la moral.
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No basta el gusto para apreciar bien las obras de arte; es necesario el juicio, y un juicio ejercitado.
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Las cosas que demandan más atención de la que uno les otorga comúnmente cuando las dice deben ser escritas.