Si no hay arrebato, si no hay hechizo, o, mejor, si no hay cierto embelesamiento, no es posible hablar de genio.
Frases célebres de Joseph Joubert. [Página 9]
Joseph Joubert . Moralista francés
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Todos nuestros instantes de luz son instantes de dicha. Cuando hay claridad en nuestro espíritu, hace buen tiempo.
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Los buenos libros filosóficos son los que exponen con claridad lo que es oscuro en el mundo, y para todo el mundo.
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No es tanto el sonido como el sentido de las palabras lo que mantiene en suspenso la pluma de los buenos escritores.
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Quienes nunca piensan más allá de lo que dicen y nunca ven más allá de lo que piensan tienen un estilo muy decidido.
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Las mentes abiertas aguardan lo que un autor quiere decirles y lo que ellas deben pensar; nunca se precipitan demasiado.
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Los libros que uno se propone releer en la edad madura son muy semejantes a los lugares en donde uno quisiera envejecer.
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Hay que enseñar al espíritu a moverse también entre vaguedades; el mundo moral y el mundo intelectual están repletos de éstas.
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Burdos intelectos, provistos de órganos robustos, han entrado de golpe en la literatura, ¡Y son ellos los que pesan las flores!
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Ocurre lo mismo con ciertos fragmentos luego de haber leído los libros completos.
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Ni tan justo ni tan apretado, tanto en nuestras obras como en nuestras costumbres.
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Las palabras son como el vidrio; oscurecen todo aquello que no ayudan a ver mejor.
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El juicio es una facultad fría y fuerte; el ingenio, una facultad delicada y viva.
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Algunas palabras dignas de memoria pueden bastar para ilustrar una gran sensibilidad.
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Mucha grasa en el espíritu y mucha flaqueza en el estilo es el carácter de este siglo.
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Cuando se escribe con facilidad siempre se cree contar con más talento del que se tiene.
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En unos, el estilo nace de los pensamientos; en otros, los pensamientos nacen del estilo.
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El ingenio no debe ser más exigente que el gusto, ni el juicio más severo que la conciencia.
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Lo que llamamos armonía en el estilo depende más del semblante de las palabras que de su sonido.
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La naturaleza bien ordenada, contemplada por un hombre bien ordenado; he ahí lo poéticamente bello.