No quiero labrar mi felicidad; quiero realizar mi obra.
Frases célebres de Nietzsche. [Página 19]
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Que nos parezca falsa toda verdad que no traiga consigo al menos una alegría.
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En realidad, entre la religión y la verdadera ciencia no existe parentesco, ni amistad, ni siquiera enemistad: viven en esferas distintas.
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Vuestro honor no lo constituirá vuestro origen, sino vuestro fin.
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El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligdo a inaventar la risa.
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¿Por ser irrefutable ha de ser verdadero? ¡Necio, necio!
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La vanidad es el temor de parecer original; significa, pues, falta de orgullo, pero no supone falta de originalidad.
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La especie de mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. El engañar a los demás es un defecto relativamente raro.
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Toda gran filosofía es la confesión de su creador y una especie de autobiografía involuntaria e inconsciente.
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Un buen escritor posee no sólo su propia inteligencia, sino también la de sus amigos.
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Suspirar por una fe sólida no es la prueba de un convencimiento sólido, sino todo lo contario. El hombre que tiene una fe verdaderamente fuerte puede permitirse el lujo del esceptisismo.
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Es de noche. Ahora se eleva más alta la voz de los surtidores, y mi alma es también un surtidor.
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Los médicos más peligrosos son aquellos que, habiendo nacido actores, imitan a los verdaderos médicos con perfecta impostura.
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Toda virtud tiene sus privilegios; por ejemplo, el de contribuir con su pequeña tea a la hoguera de los condenados.
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Lo difícil no es organizar una fiesta sino encontrar quien se alegre en ella.
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Lo que caracteriza al conjunto del mundo es, desde un principio el caos.
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El dolor dice: ¡pasa!; pero todo placer quiere eternidad, quiere profunda eternidad.
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¿Como lograste descubrir mi alma?
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Lo futuro y más lejano ha de ser la razón de ser de tu hoy.
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Los que mas han amado hasta ahora al ser humano le han hecho siempre el máximo daño: han exigido de él lo imposible, como todos los amantes.