Quien es odiado por el pueblo como el lobo por los perros es el espíritu libre y soberano, enemigo de todas las bajezas y de todo adorar, que vive en el bosque.
Frases célebres de Nietzsche. [Página 18]
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Para vencer –lo que sea- no hay como el valor. El valor ataca incluso a la muerte, pues dice: ¿Fue esto la vida? ¡Muy bien! ¡Otra vez!
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La cosa que mejor hacemos, desearía nuestra vanidad hacerla pasar por la más difícil. Esto puede explicar el origen de muchas morales.
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Donde comienza el Estado, allí termina el hombre.
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A cada alma le pertenece un mundo distinto: para cada alma, cualquier otra es un trasmundo.
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De todo lo que se escribe, sólo me gusta lo que un hombre escribe con su propia sangre. El que así escribe máximas no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.
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Si los cónyuges no vivieran juntos abundarían más los buenos matrimonios.
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Entre los particulares la locura es poco frecuente, entre los grupos, partidos, pueblos y épocas, la regla.
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Dondequiera que encuentro una criatura viviente, hallo ansia de poder.
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Cuando hay mucho que poner en ellos, el día tiene cien bolsillos.
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Sólo hasta un cierto grado la propiedad hace al hombre más independiente y libre; pero en un grado más la propiedad se convierte en amo y el propietario en esclavo.
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Por la música, las pasiones gozan de ellas mismas.
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Una virtud es siempre más virtud que dos, porque es más fuerte el nudo a que se vincula el destino.
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La originalidad estriba únicamente en dar el nombre. Cread el nombre y la cosa será creada.
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Los genios son una materia explosiva en la que se halla acumulada una cantidad inmensa de potencia. Se deben a que durante largos siglos ha ido reuniéndose y atesorándose la energía para su uso sin que tuviera lugar ninguna explosión.
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Un hombre dice: A juzgar por el efecto que a mí me ha causado, este libro es dañino. Dejadle esperar y puede que un día confiese que le hizo un gran servicio al descubrirle una enfermedad oculta de su alma.
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La vida es un instinto de desarrollo, de supervivencia, de acumulación de fuerzas, de poder.
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La preponderencia del dolor sobre el placer es la causa de nuestra moral y de nuestra religión ficticias.
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Siempre que lo que se disputa en el juego no es ni el amor ni el odio, las mujeres juegan torpemente.
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El que desee convertirse en conductor de hombres, debe resignarse a pasar largo tiempo por su peor enemigo.