El que vea una luz en la oscuridad de mi corazón que prenda una vela.
Frases célebres de Paul Verlaine.
Paul Verlaine, poeta francés
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La independencia siempre fue mi deseo; la dependencia siempre fue mi destino.
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Prends l’éloquence et tords lui le cou.
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Los sollozos más hondos del violín del otoño son igual que una herida en el alma de congojas extrañas sin final.
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¡Que venga el verano! ¡Que vengan de nuevo el otoño y el invierno! ¡Cada estación me será encantadora, oh tú, que decoras esta fantasía y esta razón!
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El poeta es un loco perdido en la aventura.
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Soñé contigo esta noche: te desfallecías de mil maneras Y murmurabas tantas cosas... Y yo, así como se saborea una fruta te besaba con toda la boca.
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Que tu verso sea la buena ventura esparcida al viento crispado de la mañana que va floreciendo menta y tomillo...Y todo lo demás es literatura.
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Toma la elocuencia y tuércele el cuello.
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Dulzura, dulzura, dulzura.
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Junta tu frente a la mía y enlaza tu mano, y haz juramentos que mañana ya habrás roto.
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¡La música ante todo, siempre música!
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Y tan profunda es mi fe y tanto eres para mí, que en todo lo que yo creo sólo vivo para ti.
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Incluso este París fastidioso y enfermo parece acoger a los jóvenes soles, y como con un inmenso abrazo tiende los mil brazos de sus tejados colorados.
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El invierno ha cesado: la luz es tibia y danza, del sol al firmamento claro. Es menester que el corazón más triste ceda a la inmensa alegría dispersa en el aire.
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Encantadora mía, ten dulzura, dulzura... Calma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional; la amante, a veces, debe tener una hora pura y amarnos con un suave cariño fraternal.
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Cuando en mis sienes calme la divina tormenta, reclinaré, jugando con tus bucles espesos, sobre tu núbil seno mi frente soñolienta, sonora con el ritmo de tus últimos besos.
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Y tú, querida, por tu parte, qué cintura, qué aliento y qué elasticidad de gacela...Al despertar fue, en tus brazos, pero más aguda y más perfecta, ¡Exactamente la misma fiesta!
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Sueño a menudo un sueño sencillo y penetrante de una mujer ignota que adoro y que me adora, que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora y que las huellas sigue de mi existencia errante.
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Sus cortas telas de seda, sus largas faldas de cola, su elegancia, su alegría, y sus blandas y azules sombras, giran en el torbellino del éxtasis de una luna gris y rosa, y la mandolina murmura en los temblores de la brisa.