Acérquense los del fuego, los enamorados de la vida. Nos calentaremos con estos nuestros corazones hechos leña bajo este rudo temporal, pero contentos.
Frases célebres de Roberto Obregón.
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Como monedas echamos las palabras en la mente del niño para que con el tiempo su pensamiento sea un tesoro.
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No me niegues que a veces, al despertar, quisieras refugiarte nuevamente debajo de mis manos, quedarte quietecita, apenas respirando, convertida en la misma huella de la noche.
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Mis manos, mis pies, a los grandes sueños habéis encadenado.
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La palabra nos revela la consistencia del espíritu.
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Se lo llevó todo y me dejó en la calle, fuera de mi propio corazón. Solo.
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Aprehender, sí. Primero asimilando los matices y contornos ocultos. Lo húmedo, lo tibio, y si soy afortunado el rumor de tu sangre abriendo zanja en la vida.
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Loco. Grabo tu adjetivo y tu risa, tus piernas en la lluvia y la comisura de tus labios tristes.
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De la semilla que arrojes un huerto plantaré y a él te allegarás para llenar tu corazón.
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No quiero el calor de vuestro fuego, no quiero el agua de vuestras tinajas. Quiero sólo un lugar para mi canción.
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Aprended a ser profetas sin hablar del futuro. ¿No pertenecen los sueños al presente?
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Fina es la lámina, casi transparente. La lámina de azúcar que separa tus labios. Por allí se fue mi corazón relamiéndose las heridas.
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Ya sólo chocaron tu cuerpo y el mío como dos pedernales. Al amanecer me sorprendí de que respiraras todavía.
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Mi patria reposa en el fondo de mis ojos.
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El escultor no hace más que llamar, con el cincel y a golpe de martillo, a los guerreros que duermen en las espesuras del mármol.
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Creo -es nada más un creer- que de mi poesía bien podría hacerse el arco con que una gacela traza la mañana.