El carnicero piensa en ti, palpando el hacha en que están presos el acero y el hierro y el metal: jamás olvides que durante la misa no hay amigos.
Frases célebres sobre: hacha. [Página 3]
Hay un total de 68 freses célebres sobre "hacha" este sitio web. [Página 3]
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Somos dos niños que a la vida echaron. Muchacha -niña-, empieza a caminar.
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Quiero ser tu amante, muchacha, no quiero ser tu dueño. No digas que no te avisé cuando tu tren se pierda.
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Si usted es el gran árbol, nosotros somos el hacha pequeña dispuesta a cortarlo
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Sé como el sándalo, que perfuma el hacha del leñador que lo hiere.
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El hacha del leñador le pidió al árbol el mango, y el árbol se lo dio
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Si quieres destruir un segmento no lo golpees con el hacha. Estarás ante dos segmentos.
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... ¿Sería que una muchacha profundamente dormida, que no dijera nada ni oyera nada, lo oía todo y lo decía todo a un anciano que, para una mujer, había dejado de ser hombre?
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Era tonto buscar el pezón izquierdo contra la voluntad de la muchacha en el primer encuentro. Oki había preferido explorar los puntos donde ella recibía con más placer sus caricias. Los encontró. Y entonces, justo cuando comenzaba a comportarse con más ru
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En la profundidad del bosque el pájaro carpintero y el golpe del hacha.
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El soplo de una hacha, el olor del pino, los bosques invernales.
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Un hachazo en el bosque en invierno y el olor me llega.
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Un hombre no empuña un hacha para proteger su cartera, sino en defensa de su dignidad.
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Hay quien dice que la honestidad no basta para vivir. Y yo sustento que la honestidad no basta cuando se quiere amar aciertas muchachas.
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Toda muchacha es una maestra innata, y aunque con ella no se pudiese aprender nada más, se aprendería por lo menos una cosa: el modo de engañarla. Nadie nos puede enseñar tal cosa como ella.
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Un don Juan seduce a las muchachas y después las abandona; pero su placer no está en abandonarlas, sino en seducirlas. No puede, pues decirse que esto sea crueldad en absoluto.
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... de muchachas muy habituadas al mundo no hay generalmente mucha cosa que llevarse.
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Un caso propicio se encuentra tan raramente, que una vez hallado es necesario asegurarlo con todas las fuerzas, no reside el arte en seducir a una muchacha, sino en encontrar una digna de ser seducida.
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Generalmente se quiere gozar de una muchacha como quien saborea una copa de champagne en el momento que espumea.
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Lo primero que debe hacerse es llevar a una muchacha al punto en que sólo conozca un deber: el de abandonarse plenamente a su amado, tanto como si, llena de exaltada beatitud, mendigase ese favor. Sólo entonces es cuando se pueden obtener de ella los verd