Lo bello no puede estropear nada.
Frases célebres sobre: bello. [Página 6]
Hay un total de 337 freses célebres sobre "bello" este sitio web. [Página 6]
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Bordoneaba la marea de sus cabellos en hilas de diamante musical.
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Creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por yuxtaposición de diferentes sustancias.
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¿Por qué escribo? Para crear, sin otro recurso que las palabras, algo que sea bello y duradero.
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Soy agnóstico y para mí la vida es un bello desafío. Y como tengo la fortuna de saber interrelacionar dialécticamente todo lo que ocurre soy Marxista nunca he necesitado ni de supercherías religiosas ni de búsquedas de la luz para saber dónde está el cami
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La forma en la que ella permanecía frente a mí, como la auténtica personificación de la belleza, con su cabello lacio, me hacía sentir consternado e impotente ante su hechizo.
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Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas.
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La gente se arregla todos los días el cabello. ¿Por qué no el corazón?
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Todo es bello para el que tiene el alma bella.
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Es bello obtener la realeza como premio a la justicia; pero es más bello aún preferir la justicia a la realeza
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Hay amores tan bellos que justifican todas las locuras que hacen cometer.
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Arte no es representar lo bello, sino bellamente las cosas.
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Es un gran fuego envuelto en poco hielo, un bello juego relleno de falacias, es un despecho, una guerra, una tregua, un largo pensamiento, una palabra breve.
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Las mujeres son seres de cabellos largos e ideas cortas.
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Había en ella una suerte de deslumbramiento infantil ante lo nuevo-bello que rayaba el fetichismo.
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Entre la razón y el corazón, haz lo que tu corazón debe hacer, finalmente es lo más bello de nuestro ser, nuestro propio sentir.
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¡Qué bello oficio el de ser un hombre sobre la tierra!
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De sitio mejorada, atenta mira en la disposición robusta aquello que, si por lo suave no lo admira, es fuerza que lo admire por lo bello.
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Si basta un solo cabello para atar mi voluntad, sin que haya necesidad de echarme cadena al cuello.
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Tú, ave peregrina, arrogante esplendor -ya que no bello- del último occidente: penda el rugoso nácar de tu frente sobre el crespo zafiro de tu cuello, que himeneo a sus mesas te destina.